Volvimos a Happy Teams.
Esta vez llevábamos más trabajadas las pruebas no canónicas: la de identificar sabores, reconocer canciones, agudeza visual… todo aquello que la vez anterior nos hundió entre risas. Y se notó. Toda la noche en el top 5. Tensos. Ilusionados.
La competición estuvo muy reñida. Tras la última ronda se actualizaron los marcadores… fueron leyendo los distintos clasificados… los quintos, cuartos y terceros eran grupos que teníamos en el radar, bastante asimilables a nosotros…
Finalmente fuimos segundos. Un avance gigante respecto a la vez anterior (habíamos quedado novenos), pero como se suele decir, el tercero gana podio, el segundo pierde el oro.
¿Y quién ganó?
Un grupo de chavales. Generación Z. Los que ya estudiaron con la ESO, los que “no tienen cultura general”, los que viven pegados al móvil, los que se aburren en tres segundos… y he de decir que me dio una extraña alegría. O cierta confianza en el futuro: “¡Al loro! ¡Que no estamos tan mal!”
En este punto hay que felicitar a Sandra Pifarré y Jaume Balcells, artífices de la velada, porque saben dar con la tecla y plantear retos y pruebas donde todos brillamos. Un ejemplo aplicable también a cualquier programa de bienestar corporativo: uno que vaya más allá de las métricas habituales y que piense en las distintas generaciones. Porque si solo mides lo de siempre, siempre ganan los mismos.
Si en otra ocasión recomendé Happy Teams para pasar un buen rato entre amigos, ahora te aconsejo que lleves a tus hijos y sobrinos. Quizá te sorprendas.