Había una prueba del mítico concurso japonés que últimamente no se me va de la cabeza: el concursante tenía que cruzar un río saltando de piedra en piedra. El problema es que muchas «piedras» eran corchos. Y los corchos, claro, se hundían.
El concursante no sabía cuál era cuál hasta que apoyaba el pie. Así que, además de suerte, la única estrategia era avanzar con tanta inercia que casi no te diera tiempo a caer.
Por motivos que no vienen al caso me veo reflejado en el señor del chándal mojado: estrés, autoexigencia, estar todo el rato fuera de la zona de confort… o sea corriendo de corcho en corcho hasta el chapuzón final.
Lo bueno es que una vez te has caído, ya no hay prisa. En el agua tienes tiempo para pensar en la situación.
Lo que me ha sacado del río otras veces no ha sido especialmente sofisticado:
→ Tomarme las cosas menos en serio. Pensarlo como un juego.
→ Premiarme en el progreso, no solo en el resultado.
→ Recordar el para qué de todo ese esfuerzo.
→ Pedir ayuda. O al menos, aceptarla cuando te la ofrecen.
Simple. Casi ridículamente simple.
Lo curioso es que cuando hace 6 años diseñamos Fit4Good, sin ser del todo conscientes de ello, construimos exactamente eso:
Gamificación → para que sea divertido y no una obligación
Comunidad → porque solos es más difícil y se disfruta menos.
Propósito → para que el esfuerzo tenga un para qué más grande que uno mismo.
Viéndolo en perspectiva no sé si fuimos muy listos o simplemente resolvimos primero lo nuestro y luego lo empaquetamos. Bueno, seguro lo segundo.
Ahora lo que toca es aplicarme el cuento, para que no digan que en casa del herrero…